¿Por qué la izquierda dominicana puede volver a fracasar en las elecciones de 2028?



Después de varias semanas de conversaciones con dirigentes, militantes y amigos dentro y fuera del país, he intentado convencerme de que la izquierda dominicana todavía tiene una oportunidad real de cambiar su terrible suerte en las elecciones de 2028.

Las condiciones objetivas parecen mejores que en otros momentos. Las últimas encuestas reflejan un creciente vacío de representación, un evidente desgaste del sistema político y una ciudadanía cada vez más distante de los partidos tradicionales. Sobre el papel, ese debería ser el escenario ideal para que una propuesta progresista crezca.

Sin embargo, mientras más conversaciones sostengo, más me asalta una duda incómoda: ¿y si volvemos a fracasar? No porque no exista una oportunidad, sino porque, como tantas veces antes, seamos incapaces de aprovecharla.

Hay entusiasmo. Hay buenas intenciones. Incluso hay una nueva generación dispuesta a construir algo distinto. Lo que sigue sin aparecer son los hechos.

La dispersión continúa siendo la norma. La desconfianza mutua parece un principio organizativo. La escasa experiencia electoral y los reiterados fracasos alimentan la idea de que cualquier esfuerzo colectivo terminará igual que los anteriores.

Mientras tanto, varias de las organizaciones progresistas con registro electoral parecen haber encontrado una estrategia mucho más cómoda: no construir una alternativa propia, sino esperar pacientemente que alguno de los partidos mayoritarios les reserve un pequeño espacio en sus boletas. La aspiración ya no parece ser gobernar el país, sino conseguir un "huequito" desde donde sobrevivir otros cuatro años.

Naturalmente, muchos de los mejores candidatos terminan marchándose hacia los partidos grandes. No porque hayan abandonado sus ideas, sino porque entienden que competir desde una franquicia electoral debilitada equivale a comenzar la carrera varios kilómetros detrás del resto.

Después aparece otro problema, quizás más profundo.

Existe un sector de la izquierda que todavía no ha logrado reconciliar su visión del país con la democracia realmente existente. Su estrategia consiste, esencialmente, en mantenerse firme sobre unas convicciones que nunca necesitan someterse a la prueba de las urnas. La realidad siempre parece estar equivocada; ellos, nunca.

Mientras casi toda la izquierda latinoamericana —con aciertos y errores— ha logrado construir alguna forma de poder institucional, una parte de la izquierda dominicana continúa administrando con admirable disciplina... su irrelevancia electoral. Y, lo más sorprendente, hay dirigentes que parecen sentirse perfectamente cómodos con ello.

También existen iniciativas interesantes que intentan romper esa inercia. Hay nuevos espacios de diálogo, esfuerzos de articulación y personas sinceramente comprometidas con construir una alternativa diferente. Pero, por ahora, los discursos avanzan mucho más rápido que las estructuras políticas. Seguimos hablando de unidad con una convicción admirable y practicando la fragmentación con una disciplina aún mayor.

Entonces, ¿qué puede hacer que la izquierda vuelva a fracasar en 2028?

La respuesta no está en el PRM, ni en el PLD, ni en la Fuerza del Pueblo.

La respuesta está en nosotros.

Podemos fracasar porque seguimos sin ofrecer una visión convincente de país. Porque hablamos demasiado entre nosotros y demasiado poco con la sociedad. Porque seguimos creyendo que la gente está esperando escuchar nuestras respuestas, cuando en realidad todavía no nos hemos detenido a entender sus preguntas.

La mayoría de los dominicanos no quiere vivir en Cuba, Nicaragua o Venezuela, por más que algunos insistan en presentarlas como modelos admirables. Pero tampoco sueña con convertir la República Dominicana en un "Nueva York chiquito", como si copiar otro país fuera un proyecto nacional.

Lo que la gente quiere es mucho más simple y mucho más difícil: vivir dignamente en la República Dominicana.

Resulta difícil creer que, a casi dos siglos de nuestra independencia, todavía existan derechos básicos y servicios públicos que funcionan más como privilegios que como garantías ciudadanas.

Uno de cada cinco dominicanos vive hoy en el exterior. Y todo indica que esa cifra seguirá creciendo. Cuando la política fracasa durante demasiado tiempo, la migración deja de ser una decisión individual para convertirse en una política pública no declarada. Exportamos personas, importamos remesas y terminamos celebrando como éxito económico lo que, en realidad, representa el fracaso colectivo de nuestro modelo de desarrollo.

Vivimos, además, un momento político peculiar. Algunos insisten en describirlo como una época de hegemonía conservadora. Pero quizás el problema sea otro: prácticamente todas las fuerzas políticas compiten por conquistar al mismo electorado conservador mientras abandonan a millones de ciudadanos progresistas que simplemente dejaron de sentirse representados.

Existe un país progresista. Lo que todavía no existe es una propuesta política capaz de hablarle con claridad, con credibilidad y sin complejos.

Por eso la discusión sobre la unidad no es una cuestión sentimental ni un ejercicio de nostalgia. Es, sencillamente, una necesidad estratégica.

Si las organizaciones progresistas vuelven a competir entre sí para después negociar individualmente con los grandes partidos a cambio de muy poco, los resultados serán exactamente los mismos que en 2024. No hace falta ser politólogo para llegar a esa conclusión; basta con revisar las actas de la Junta Central Electoral.

Quienes creen que una alianza aislada con el PRM resolverá sus problemas probablemente se equivocan.

Quienes creen que una alianza aislada con el PLD resolverá sus problemas probablemente también.

Y quienes esperan obtener mejores resultados negociando en solitario con la Fuerza del Pueblo muy posiblemente descubrirán la misma realidad.

La aritmética electoral no cambia porque cambiemos de socio.

La única posibilidad real de construir una alternativa competitiva pasa por la más amplia unidad de las fuerzas progresistas en torno a un proyecto común, con una propuesta de país capaz de entusiasmar a la ciudadanía y con la humildad necesaria para entender que ningún partido, por sí solo, representa hoy a la izquierda dominicana.

Si esa unidad no llega, probablemente volveremos a reunirnos el 19 de mayo de 2028 para hacer exactamente el mismo análisis, lamentarnos por exactamente los mismos errores y prometer, una vez más, que para las próximas elecciones sí aprenderemos la lección.

Sería una tradición profundamente dominicana.

Y, lamentablemente, también profundamente izquierdista.

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