La izquierda dominicana ante el desafío de construir una mayoría democrática
Cada vez que la izquierda dominicana fracasa en las urnas, las explicaciones suelen apuntar hacia afuera. Se habla del poder económico, del clientelismo, del control de los medios de comunicación, del peso de los partidos tradicionales o de las limitaciones del sistema electoral. Todos esos factores existen y condicionan la competencia política. Sin embargo, rara vez nos detenemos a examinar una causa más incómoda: nuestras propias debilidades políticas y organizativas.
Hace unos días conversaba con varios amigos de izquierda sobre las enormes dificultades que históricamente hemos tenido para construir una coalición electoral con posibilidades reales de éxito. La conversación giraba, como tantas otras veces, alrededor de las diferencias ideológicas, las viejas disputas entre organizaciones y las innumerables condiciones que cada grupo considera indispensables para alcanzar un acuerdo. Mientras más hablamos de unidad, más difícil parece construirla.
Paradójicamente, las mismas organizaciones que encuentran casi imposible ponerse de acuerdo entre sí suelen integrarse sin mayores reparos, aunque desde posiciones claramente subordinadas, a las coaliciones encabezadas por los grandes partidos tradicionales. Aceptamos con relativa facilidad ocupar espacios marginales dentro de proyectos ajenos, pero nos resulta extraordinariamente difícil construir un proyecto propio.
Las elecciones de 2024 dejaron una enseñanza que merece una reflexión profunda. Diversas organizaciones progresistas terminaron gravitando alrededor de las principales fuerzas políticas del país sin lograr una representación significativa ni modificar la correlación de fuerzas. En términos políticos, aquello representó un enorme desperdicio de liderazgo, militancia, recursos y oportunidades. Lo más preocupante es que, dos años después, todavía no parece existir un esfuerzo serio para construir una alternativa distinta de cara a 2028. En algunos sectores persiste la idea de repetir las mismas alianzas, conservar pequeñas cuotas de poder institucional y conformarse con una presencia simbólica en la vida política nacional.
Esa práctica contradice el discurso de transformación que históricamente ha defendido la izquierda. Es difícil convencer al país de democratizar la economía, ampliar derechos o transformar las instituciones cuando nuestras propias organizaciones encuentran tantas dificultades para democratizar sus procesos internos y construir liderazgos legítimos.
Con frecuencia atribuimos este problema a la inmadurez política, a los viejos dogmas o a las rencillas históricas entre organizaciones. Todo eso influye, pero sospecho que existe una causa más profunda: una relación todavía ambivalente con la democracia.
No me refiero a la democracia únicamente como el acto de votar cada cuatro años. Hablo de asumir la democracia como una cultura política basada en la competencia abierta, la construcción de mayorías, la legitimidad de los procesos, la alternancia en el liderazgo y la aceptación de que ninguna organización posee por sí sola la representación exclusiva del pueblo.
Una parte importante de la izquierda dominicana participa en los procesos electorales, pero con frecuencia continúa viendo la democracia representativa como un instrumento táctico más que como el espacio legítimo para disputar y ejercer el poder político. La competencia interna suele percibirse como una amenaza a la unidad; la negociación entre cúpulas sustituye la participación de la militancia; y el consenso termina imponiéndose sobre la legitimidad que solo puede otorgar una decisión democrática.
Quizás esa sea una de las razones por las que nuestras coaliciones casi siempre nacen débiles. Se construyen alrededor de repartos, equilibrios internos y cuotas de representación, en lugar de surgir de la competencia de ideas, liderazgos y propuestas frente a la ciudadanía.
Sin embargo, todavía estamos a tiempo de hacer las cosas de otra manera.
Imagino una coalición progresista construida desde los territorios y no desde los escritorios. Una coalición capaz de convocar a todas las organizaciones democráticas de izquierda y progresistas alrededor de un programa común, pero también alrededor de reglas claras y compartidas.
Imagino un proceso abierto para seleccionar candidaturas mediante mecanismos democráticos, donde los liderazgos se legitimen compitiendo y no negociando; donde las comunidades tengan voz en la elección de quienes aspiran a representarlas; donde la pluralidad deje de verse como una amenaza y se convierta en una fortaleza.
La competencia democrática no debilita la unidad; por el contrario, le otorga legitimidad. Ninguna reunión interminable entre dirigentes puede sustituir el respaldo que otorga una candidatura surgida de un proceso abierto, transparente y participativo. Si aspiramos a representar a la mayoría de la sociedad dominicana, primero debemos aprender a representar democráticamente a nuestra propia militancia.
Una coalición construida sobre esos principios tendría mayores posibilidades de acumular fuerza territorial, generar entusiasmo ciudadano y disputar con seriedad los espacios de representación en 2028. Porque participar en unas elecciones sin la convicción de ganarlas equivale a renunciar de antemano a transformar la realidad que decimos querer cambiar.
La izquierda dominicana enfrenta hoy una decisión histórica. Puede continuar administrando su marginalidad política mediante alianzas subordinadas y cuotas institucionales cada vez más pequeñas, o puede asumir el desafío de construir una alternativa democrática con verdadera vocación de mayoría.
El futuro no dependerá únicamente de nuestras ideas, sino también de nuestra capacidad para organizarnos de manera coherente con ellas. Si creemos en una sociedad más democrática, nuestras organizaciones deben convertirse en el primer espacio donde esa democracia se practica plenamente.
Quizás entonces dejemos de ser simples espectadores de la disputa política y de la intensa guerra cultural que atraviesa América Latina. Quizás podamos construir una fuerza capaz de defender la soberanía nacional, la justicia social y la democracia desde una posición de autonomía política.
Todavía hay tiempo para aprender de nuestros fracasos. Pero ese aprendizaje sólo tendrá sentido si abandonamos la nostalgia de las viejas fórmulas y comprendemos que la democracia no es un obstáculo para la transformación social. Es, precisamente, la condición indispensable para hacerla posible.
Comentarios
Publicar un comentario