El espacio político que nadie ocupa


Las encuestas suelen convertirse en una carrera de caballos. ¿Quién subió? ¿Quién bajó? ¿Quién sería presidente si las elecciones fueran mañana? Sin embargo, la principal enseñanza de la encuesta más reciente de ACD Media no radica en los nombres de los candidatos ni en el orden de las preferencias electorales. Está en un dato mucho más profundo: una mayoría creciente de dominicanos afirma no identificarse con ningún partido político. Ese dato no refleja simplemente apatía. Revela una crisis de representación.

Después de más de dos décadas de predominio de tres grandes fuerzas políticas, millones de ciudadanos sienten que ninguna de ellas expresa sus preocupaciones, sus aspiraciones o su visión de país. Ese es, probablemente, el fenómeno político más importante de cara a las elecciones de 2028 y, paradójicamente, el menos discutido.

La verdadera pregunta, entonces, ya no es quién encabeza las encuestas. La verdadera pregunta es otra: ¿Quién ocupará ese espacio político que hoy nadie ocupa?

El Partido Revolucionario Moderno continúa siendo la principal fuerza política del país. Sería absurdo desconocerlo. Pero también es evidente que, después de seis años en el gobierno, comienza a experimentar el desgaste propio de quien administra el poder. Lo verdaderamente revelador es que ese desgaste no fortalece automáticamente a la oposición.

Ni la Fuerza del Pueblo ni el Partido de la Liberación Dominicana han conseguido transformarse en el principal vehículo del descontento ciudadano. Ambos conservan estructuras nacionales, dirigentes experimentados y una importante presencia territorial. Sin embargo, ninguno parece despertar la expectativa de renovación que una parte significativa del electorado está buscando.

La oposición existe. Lo que todavía no existe es una nueva esperanza. Ni siquiera la estrategia, cuidadosamente alimentada desde distintos sectores para promover la aparición de un outsider, parece haber encontrado hasta ahora un respaldo mayoritario. La sociedad dominicana expresa una demanda de cambio, pero ese cambio aún carece de una representación política convincente. Y es precisamente ahí donde aparece la gran paradoja de nuestro tiempo. Si existe un amplio sector de ciudadanos que no se siente representado por los partidos tradicionales, cabría esperar que las fuerzas progresistas estuvieran creciendo y preparándose para disputar ese espacio. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario.

Las organizaciones con reconocimiento electoral —Opción Democrática, Alianza País, Alianza por la Democracia y Frente Amplio— continúan desarrollando sus proyectos de manera separada, privilegiando estrategias particulares que, hasta ahora, no han conseguido romper la barrera de la irrelevancia institucional.

Cada organización parece confiar en que, por sí sola, logrará convertirse en la referencia política de un electorado que, precisamente, reclama mayor amplitud, cooperación y capacidad de construir consensos.

Mientras tanto, nuevas iniciativas como el Movimiento Poder Real, La Otra Política, Ciudadanía Democrática y otros espacios emergentes realizan un valioso trabajo territorial y ciudadano. Son señales de que existe una nueva generación interesada en hacer política de otra manera. Pero ese esfuerzo permanece disperso y carece todavía de un instrumento político común capaz de proyectarlo nacionalmente.

La situación no es muy distinta en la izquierda de tradición revolucionaria. El Referente de Izquierda Dominicana representa un esfuerzo relevante por acercar organizaciones y dirigentes de distintas corrientes marxistas y populares. Del mismo modo, el recientemente constituido Partido del Poder Popular, resultado de la unificación del Movimiento Caamañista y Fuerza de la Revolución, junto al Movimiento Popular Dominicano y otras organizaciones históricas, mantiene una importante tradición de lucha social y compromiso político. Sin embargo, la izquierda revolucionaria continúa enfrentando el mismo desafío de las últimas décadas: transformar su autoridad moral, su capacidad de movilización y la solidez de sus análisis en fuerza electoral e incidencia institucional. La denuncia sigue siendo necesaria, pero por sí sola no cambia las relaciones de poder.

El caso de Patria Para Todos merece una reflexión particular. Su decisión de renunciar voluntariamente al financiamiento público establecido por la legislación electoral respondió a una posición ética que merece respeto. Sin embargo, posteriormente perdió su reconocimiento electoral al no alcanzar la votación ni la representación institucional requeridas por la ley. Hoy debe iniciar nuevamente el largo proceso para recuperar ese registro. Su experiencia demuestra que la coherencia política es indispensable, pero no sustituye la necesidad de construir fuerza social, representación electoral e institucionalidad política.

El problema, por tanto, no parece ser ideológico. Las diferencias programáticas entre las distintas expresiones del progresismo dominicano existen y son legítimas. Pero son considerablemente menores que las coincidencias alrededor de la defensa de la democracia, la justicia social, el desarrollo productivo, la transparencia, la sostenibilidad ambiental y el fortalecimiento de las instituciones.

El verdadero problema es político y organizativo. Seguimos confundiendo identidad con fragmentación, autonomía con aislamiento y coherencia con incapacidad para construir mayorías.

Mientras tanto, tampoco la socialdemocracia encuentra un vehículo político claro. Guido Gómez Mazara intenta impulsar un discurso reformista desde el interior del PRM; Antonio Taveras parece explorar nuevos caminos tras tomar distancia del oficialismo; Francisco Domínguez Brito continúa representando una sensibilidad renovadora dentro del PLD, aunque limitada por las dinámicas internas de ese partido. El surgimiento del Partido Justicia Social despertó expectativas iniciales, pero su presencia pública ha sido mucho menos visible de lo que muchos esperábamos.

Ninguno de estos esfuerzos ha logrado, hasta ahora, ocupar el enorme espacio político que revelan las encuestas. Y ese debería ser el centro de la discusión nacional. Porque las elecciones de 2028 no enfrentarán únicamente al gobierno con la oposición. También pondrán a prueba la capacidad del sistema político para responder a una ciudadanía cada vez más distante de los partidos tradicionales.

Las democracias no entran en crisis únicamente cuando los gobiernos fracasan. También lo hacen cuando amplios sectores de la sociedad dejan de sentirse representados por quienes aspiran a gobernarlos.

Desde hace algún tiempo he defendido la necesidad de construir un espacio electoral común para las fuerzas progresistas y democráticas de la República Dominicana. No como una alianza coyuntural para repartir candidaturas o asegurar la supervivencia de organizaciones individuales, sino como una estrategia de largo plazo para construir una nueva mayoría democrática.

La encuesta de ACD Media no responde quién ganará las próximas elecciones. Pero sí confirma algo mucho más importante: existe un amplio espacio político que hoy permanece vacante.

La pregunta ya no es si ese espacio existe. Los datos indican que existe. La verdadera pregunta es quién tendrá la inteligencia política, la generosidad y la visión estratégica para ocuparlo. Quizá esa respuesta no llegue en 2028. Las transformaciones profundas rara vez ocurren al ritmo de un calendario electoral. Pero si aspiramos a que el bicentenario de la República, en 2044, encuentre a nuestro país con una democracia más representativa, más plural y más justa, esa construcción debe comenzar ahora. Porque, al final, las grandes victorias políticas no siempre pertenecen a quienes ocupan más espacio en las encuestas. Con frecuencia pertenecen a quienes son capaces de comprender, antes que los demás, cuál es el espacio político que todavía nadie ha sabido ocupar.

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