La izquierda dominicana y el desafío de construir un espacio político común
En mi artículo anterior, La izquierda dominicana frente al desafío de construir una mayoría democrática, sostuve que el principal reto de las fuerzas progresistas no consiste únicamente en alcanzar la unidad, sino en construir una mayoría social y política capaz de disputar democráticamente la conducción del país.
Ese planteamiento conduce inevitablemente a una nueva pregunta: ¿cómo puede construirse esa mayoría?
Durante la última década, las principales organizaciones de izquierda dominicanas han ensayado distintas respuestas. Algunas privilegiaron las alianzas con el oficialismo; otras optaron por acuerdos parciales con partidos tradicionales; algunas defendieron la independencia electoral y otras combinaron candidaturas propias con pactos legislativos o municipales. Aunque las estrategias fueron diferentes, los resultados muestran una constante: ninguna ha logrado consolidar una alternativa política con capacidad real para disputar el poder.
Esta reflexión no pretende cuestionar las decisiones adoptadas por cada organización ni desconocer las circunstancias particulares que motivaron sus alianzas. Cada partido actuó de acuerdo con sus prioridades políticas y electorales. Lo que propongo es un análisis de sus resultados, con la convicción de que el futuro de la izquierda dominicana depende menos de evaluar decisiones del pasado que de construir una estrategia compartida para el futuro.
Mi tesis es sencilla: el principal desafío de la izquierda dominicana ya no consiste en decidir con cuál partido mayoritario debe aliarse cada organización, sino en construir un espacio político común que permita articular a las fuerzas progresistas alrededor de un proyecto propio de país.
Una izquierda más amplia que los partidos
Cuando hablamos de la izquierda dominicana, no debemos pensar únicamente en los partidos con reconocimiento electoral. La izquierda es mucho más amplia.
También está integrada por experiencias y prácticas surgidas de movimientos sociales, organizaciones comunitarias, sindicatos, colectivos feministas y ambientalistas, organizaciones campesinas, espacios académicos, plataformas juveniles y miles de ciudadanos independientes comprometidos con la justicia social, la democracia, la transparencia, la sostenibilidad y la defensa de los derechos humanos.
La construcción de un espacio político común no puede limitarse a un acuerdo entre direcciones partidarias. Debe incorporar esa diversidad de actores sociales y ciudadanos que, aunque no siempre participan en los procesos electorales, constituyen una parte esencial del pensamiento progresista dominicano.
De aquí la necesidad de construir dicho espacio de manera abierta, horizontal y participativa.
Solo una articulación amplia permitirá construir una alternativa con arraigo social, legitimidad democrática y capacidad real de convertirse en opción de gobierno.
Las alianzas: estrategias distintas, resultados limitados
En el proceso electoral de 2024, las organizaciones de izquierda siguieron caminos diferentes.
Alianza País y Alianza por la Democracia optaron por integrarse a la coalición presidencial encabezada por el PRM, privilegiando la obtención de representación institucional y espacios de incidencia política.
Opción Democrática presentó candidatura presidencial propia mientras establecía acuerdos congresuales y municipales con diversas organizaciones, incluyendo partidos tradicionales.
Frente Amplio presentó candidatura presidencial propia, aunque participó en alianzas municipales con el PRM en algunos territorios.
Patria para Todos mantuvo una mayor independencia electoral, apostando por preservar una identidad política claramente diferenciada.
Todas estas estrategias respondieron a objetivos legítimos y a contextos particulares. Sin embargo, vistas en conjunto, ninguna logró resolver el problema central: la escasa capacidad de acumulación política de la izquierda dominicana.
Las alianzas permitieron conservar personería jurídica, acceder a algunos cargos de representación y mantener presencia institucional. Pero también evidenciaron límites importantes: no fortalecieron una identidad política común, no ampliaron significativamente la base electoral progresista ni lograron consolidar un liderazgo nacional compartido.
Más allá de las alianzas
Sería un error concluir que las alianzas son, por definición, equivocadas.
En toda democracia, las alianzas forman parte de la práctica política y, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en instrumentos eficaces para impulsar transformaciones o ampliar la representación institucional.
La verdadera cuestión no es si deben existir alianzas, sino al servicio de qué proyecto político se construyen.
Cuando una alianza fortalece la organización, amplía su base social y contribuye a consolidar un proyecto propio, cumple una función estratégica.
Pero cuando la alianza se convierte en un fin en sí mismo, o en un mecanismo permanente de supervivencia institucional, corre el riesgo de sustituir el proyecto político que debía fortalecer.
Esa es, a mi juicio, la principal enseñanza que deja la experiencia reciente de la izquierda dominicana.
El desafío de construir un espacio político común
La discusión hacia las elecciones de 2028 no debería centrarse únicamente en negociar nuevas alianzas con los partidos tradicionales.
El verdadero desafío consiste en construir un espacio político común donde confluyan los partidos con reconocimiento electoral, las organizaciones políticas sin personería jurídica, los movimientos sociales, los sectores académicos, las organizaciones comunitarias y la ciudadanía independiente comprometida con un proyecto democrático de transformación nacional.
En el país existen cientos de organizaciones locales, liderazgos comunitarios y activistas con arraigo territorial que aspiran a participar en el proceso político, pero que no cuentan con la estructura legal ni los recursos para competir electoralmente. Un espacio político común permitiría integrar esas energías, abriendo las boletas y las estructuras organizativas a candidaturas ciudadanas que hoy compiten de forma aislada contra los partidos tradicionales.
Este enfoque no debilita a las organizaciones existentes; las fortalece. Permite que los partidos con reconocimiento electoral se conviertan en plataformas de articulación social y política, en lugar de estructuras cerradas que limitan la participación.
La izquierda tendría así la posibilidad de ampliar sus caudales de participación local, incorporando liderazgos emergentes y disputando espacios donde hoy domina la política tradicional.
La identidad de la izquierda no se construye únicamente desde las estructuras partidarias, sino desde la capacidad de organizar a la ciudadanía.
Un proyecto de este tipo no es una aspiración abstracta. Es una estrategia concreta de acumulación política que podría permitir a la izquierda alcanzar e incluso superar el 5 % del voto nacional, umbral clave para consolidar financiamiento, representación y capacidad de incidencia en igualdad de condiciones con los grandes partidos. Más importante aún, ese resultado podría convertirse en un punto de partida realista para disputar un crecimiento sostenido hacia el ciclo electoral de 2032.
No se trata de crear un partido único ni de diluir la identidad de las organizaciones existentes.
Se trata de construir un marco permanente de cooperación política que permita elaborar un programa mínimo compartido, definir reglas democráticas de funcionamiento, coordinar estrategias de acción y presentar a la sociedad una alternativa coherente, plural y con vocación de gobierno.
La diversidad de la izquierda no debe verse como un obstáculo. Bien articulada, puede convertirse en su mayor fortaleza.
Una oportunidad histórica
El calendario electoral avanza rápidamente. Durante 2027 comenzarán los procesos internos para la selección de candidaturas y la conformación de alianzas con miras a las elecciones de 2028.
Si cada organización enfrenta nuevamente ese proceso de manera aislada, es probable que los resultados no difieran sustancialmente de los obtenidos en el último proceso electoral.
La izquierda dominicana todavía dispone de una oportunidad para cambiar esa dinámica.
Más que discutir con quién debe aliarse cada partido, quizás haya llegado el momento de debatir cómo construir un espacio político común que permita acumular fuerzas, generar confianza ciudadana y ofrecer al país una alternativa democrática, progresista y con capacidad real de gobierno.
Ese es, probablemente, el desafío político más importante que tiene por delante la izquierda dominicana.
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